jueves, septiembre 03, 2009

Esos Ancestrales III

Fader Frederik pudo por fin practicar de forma diária el Latín lo cual hizo un par de meses al verse puesto a cargo del extraño Phidias quien de forma particular, acabó integrándose en la pequeña aldea llamada Fritzla. Los primeros días los pasó explorando la propia aldea hasta el último rincón excepto una pequeña cabaña habitada por un hombre fornido y bigotudo que le lanzó un botijo mientras juraba cosas incomprensibles cuando intentó entrar. También se dedicó a explorar los alrededores de la aldea siguiendo unas pautas extrañas. Pariendo del foso improvisado por las mañanas, caminaba medio día en una dirección y otra mitad para volver a tiempo de anochecer. Así estuvo un total de cuatro días marchando cada día en una dirección distinta. Hecho la exploración, comenzó a ayudar en los trabajos de la misma aldea lo cual tranquilizó a Frederik, que por cierto parecía nunca quitarse la túnica, pues algunos vecinos ya se habían quejado de que comía la comida del pueblo sin hacer nada que no fuera estúpido. Entre todos acabaron el foso y reforzaron el terraplén y fué entonces cuando Phidias impresionó al resto pues parecía tener un conocimiento innato sobre estucturas defensivas la cual utilizó para estabilizar el terraplén que sinceramente parecía un monton de sacos de pán.

El último mes acompañó al bigotudo de la pequeña cabaña hacia el sureste para hacer la suerte cosa que no se le daba nada bien por dos causas. Una de ellas era que simplemente era un debilucho y la otra que tras una movida tenida con una jovencita en la aldea que resultó ser, para desgracia suya, la hija del fornido, éste se pasaba parcialmente las jornadas arrojándole ramas pequeñas a la cara con una destreza de artista. A pesar de todo esto, logró cumplir con su deber día tras día y a pesar de sus costumbres extrañas como cortejear a las mujeres, sus procedimientos para entablar conversaciones o el mismo comer pues todo esto lo hacía de una forma muy peculiar. Tampoco acabó por acostumbrarse a los horarios de trabajo y lo que desde luego le chocó fue la ausencia de la siesta en el ritmo de trabajo pero a pesar de todo esto, Phidias se había ganado el cariño de la aldea y una noche fué sorprendido por todos ellos al haberle dedicado un festín en el que, para variar, había aves a la parilla e incluso habían sacrificado un caballo enfermo asi que comieron hasta reventar los 97 habitantes adultos y los 32 niños de la aldea a quienes no tuvo tiempo de conocer ni lo tendría pues cuando preguntó a Fader Frederik a que se debía todo aquello le dijo que a la mañana siguiente partiría hacia el sur junto a Christian de Aarhus y su compañero Dieterich von Saxony, quienes por lo visto habían llegado esa misma tarde, y que la razón por la que debía ir no era placentera asi que oído eso, no volvió a hablar mas esa noche y en lugar de parlar estuvo zampando como poseso hasta que las garras infatigables del sueño le forzaron a regresar hacia ese montón de cuero y paja al que los aldeanos tenían la poca vergüenza de llamar cama. No le costó demasiado el dormirse y al hacerlo se pasó la noche soñando con alturas... unas alturas prodigiosas y fuegos en el horizonte, miles de ellos, moviéndose unos entre otros como hormigas en la noche.

A la mañana siguiente fué despertado bruscamente por el antisocial de Dieterich al arrojarle por encima el contenido de un orinal traída de otra parte. Phidias salió de la cama como alma que lleva el diablo e intentó morderle las ropas al señor que tenía delante pero tras caer al suelo por falta de equilibrio, Saxony se alejó murmurandole algo al Frederik sonriente de la puerta quien le tradujo que así tendría motivo para lavarse. Al haberse preparado y quitado de encima el hedor de interiores humanos, se dispuso a salir de la aldea. Nadie fué a su despedida excepto Fader Frederik, posiblemente por la tempranez de la hora pero cuando se dispuso a pasar la pierna por encima de la montura que gentilmente le habían traído los dos hombres, vino corriendo hacia él la hija del leñador quien no había tenido tiempo de vestirse apropiadamente por lo que se sujetaba los ropajes del escote por miedo a revelar sus senos mientras decía cosas en esa lengua que su subconsciente le recordaba algo que temer. Se apartó de la montura y al llegar a su alcanze la muchacha de apenas veinte años la levantó con sus brazos flacuchos y la abrazó de forma cariñosamente suave. No llegó a pasar nada entre Phidias y esta muchacha de nombre Henriette ni siquiera cuando el fornido les interrumpió estando sentados agarrados de la mano en el techo del granero lanzándole una piedra al presunto acosador pero entre ellos algo había surgido estos tres meses y medio. Como pudo le explicó a la moza de pelo castaño que volvería en breve cosa que ignoraba si haría jamas asi que expuestas esas hipótesis, marcharon hacía el sur con una nube de tristeza acampado sombre sus almas aunque los dos caballeros intentaban mostrarse indiferentes ante el viaje de cinco días que les esperaba.